Nunca pensé que tendría que vivir algo así. Cuando escuché por primera vez la palabra "coronavirus" en las noticias, no le di mucha importancia. Pensé que era una enfermedad lejana, que solo afectaba a algunos países de Asia y Europa. Pero pronto me di cuenta de que estaba equivocado. El virus se expandió por todo el mundo, llegó a América Latina y finalmente a El Salvador.
El 21 de marzo de 2020
el presidente Nayib Bukele anunció la cuarentena domiciliar obligatoria para
toda la población. Solo se podía salir de casa para comprar alimentos,
medicinas y utilizando el DUI (Documento Único de Identidad), se cerraron las
fronteras, los aeropuertos, los centros comerciales, los restaurantes, las
escuelas y las iglesias. Se suspendieron las actividades laborales no
esenciales, se impusieron sanciones y arrestos a quienes incumplieran las
medidas sanitarias.
Al principio me pareció
una decisión acertada y necesaria para evitar la propagación del virus y
proteger la salud de todos. Aplaudí la determinación del gobierno y me dispuse
a cumplir con las normas, pensé que sería una situación temporal, que pronto
volveríamos a la normalidad. Pero me equivoqué otra vez.
Los días se
convirtieron en semanas y las semanas en meses, la cuarentena se extendió más
de lo previsto y los casos de COVID-19 siguieron aumentando. El sistema de
salud se vio desbordado en muchos momentos y las muertes se multiplicaron, el
miedo, la incertidumbre y la angustia se apoderaron de mí.
Soy una persona que
sufre de ansiedad en los espacios cerrados, no soporto estar encerrado en un
lugar sin poder salir. Necesito respirar aire fresco, ver el cielo, sentir el
sol en mi piel, necesito moverme, caminar, correr, hacer ejercicio… Necesito
ver a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo. Necesito tener una
rutina, un propósito, un sentido para mi día a día.
Pero todo eso se me
arrebató por culpa de la pandemia, me he visto obligado a quedarme en casa, sin
poder hacer nada más que ver la televisión, leer libros o navegar por internet.
Me sentí atrapado, asfixiado, desesperado, fue acá cuándo decidí tomar mi Blog
de nuevo, volver a compartir mis sentimientos o simplemente cosas que encuentro
por ahí,
Los primeros 30 días de
cuarentena fueron los peores de mi vida. Sufrí ataques de pánico, insomnio,
depresión y estrés. No podía concentrarme en nada ni disfrutar de nada. Solo
pensaba en lo que estaba pasando y en lo que podía pasar. Me imaginaba lo peor:
contagiarme del virus, contagiar a mi familia y perder a alguien querido,
quedarme sin trabajo, sin dinero, sin futuro.
Lo cierto es que poco a poco fui adaptándome a la nueva realidad. Aprendí a valorar lo que tenía y lo que no tenía. Aprendí a ser más paciente, más solidario, más responsable. Aprendí a aprovechar el tiempo en casa para hacer cosas productivas y creativas. Aprendí a mantener el contacto con las personas que amo y a expresarles mi cariño y mi gratitud.
No sé cuánto tiempo más
durará esta situación ni qué consecuencias tendrá para el país y para el mundo.
Sé que no será fácil ni rápido volver a la normalidad que conocíamos antes de
la pandemia. Sé que tendremos que enfrentar muchos retos y cambios en todos los
ámbitos de la vida.
Pero también sé que no
estoy solo ni soy el único que sufre por esto. Sé que hay mucha gente que está
haciendo lo posible por ayudar y por salir adelante. Sé que hay mucha esperanza
y mucha fuerza en el corazón de los salvadoreños.

