Una verdadera
mujer se merece que la traten como a una princesa, que la protejan como a una
niña y la amen como a una dama.
La mujer tiene
cualidades que sorprenden al hombre: Sonríe cuando quiere gritar, canta cuando
quiere llorar. Llora cuando está feliz, ríe cuando está nerviosa, puede amar
incondicionalmente, una mujer sabe que con un beso y un abrazo se puede ayudar
a curar un corazón roto, las mujeres son muy inteligentes y está comprobado científicamente
que maduran antes que los hombres, sin embargo tiene un defecto: A veces se olvida de lo mucho que vale.
Ser mujer es
llorar callada los dolores de la vida y sonreír en apenas un segundo, es
tropezar, caer y volver a caminar, ser mujer es ser elegida para traer vida al
mundo, ser mujer es ser princesa a los 15, bella a los 21, pasional a los 30, inolvidable
y única a los 40, dama a los 60 y hermosa toda la vida.
La belleza de una
mujer no está en la ropa que lleve, la figura que tenga, o la manera en que se
peine. La belleza de una mujer siempre se ve en sus ojos, porque esa es la
puerta a su corazón, el lugar donde el amor reside y muy pocos hombres tienen
el don de llegar hasta allí, hasta las profundidades del océano de sus
sentimientos.
Una mujer se enamora
del hombre que se quedaría despierto sólo para verla dormir, del que besa su
frente, del que acaricia su mejilla con ternura, de ese hombre que quiera
mostrarla a todo el mundo aun cuando ella está desarreglada y que siempre le
parece que está bonita. De aquel que se queda mirándola fijo como no pudiendo
creer que sea tan bella (y que esta con
el).
Una mujer
necesita a un hombre que camine a su lado, tomados de la mano, no detrás de
ella porque llegara un momento que lo perderá de vista, no delante de ella
porque no lo podrá alcanzar, ni encima de ella porque se convertirá en una
carga.
Una mujer
necesita alguien que esté a su lado, siempre, todo el tiempo, incondicional
para ella.
Predicación de Dante
Gebel (20 de diciembre de 2013).
Adaptación de
Francisco H. Harper. (julio de 2017)

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